El amor que enseña
Dirigir un centro educativo no es solo organizar aulas o planificar actividades; es acompañar personas, aprender a escuchar y sostener a quienes confían en nosotros. Este poema refleja esa esencia: el amor que guía nuestra labor, la paciencia que enseña y el silencio que, a veces, habla más que cualquier palabra.
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Si tuviera que hablar de amor,
no hablaría de flores ni promesas,
hablaría de las veces que estuve en el suelo
derramando océanos densos de dolor,
de ese que quiebra el alma
y en sus grietas deja brotar algo nuevo.
Hablaría de lágrimas tan pesadas como el hierro,
que adormecen el ser,
que te vuelven invisible,
que abren un vacío
que no llenan los “te quiero”
ni los “perdón”,
ni las promesas rotas.
Solo lo acaricia
quien escucha tu silencio,
quien no entiende tu herida
pero te dice sin palabras:
“No estás solo.”
Si tuviera que hablar de amor,
hablaría también de Jesús,
porque es quien me sostiene
cuando lo veo todo perdido,
quien recoge mis pedazos
y me enseña a amar incluso desde el dolor,
quien me recuerda que la fe
es el pulso más puro del amor.
No hablaría de regalos,
hablaría del perdón que ofrecí sin fuerzas,
de las ruinas que sostuve con las manos temblorosas,
del impulso que me empujaba a vivir
cuando ya no quería hacerlo.
Hablaría de quedarme a mi lado
cuando todos se iban,
de abrazarme sin consuelo,
de elegirme
cuando fui solo una opción.
Si tuviera que hablar de amor,
diría que fueron las frutas,
las galletas y los bollos
entregados a quienes el frío abrazaba,
las veces que me rompí
para transformarme en bien,
las esperas pacientes junto al que aún no despertaba,
las palabras que sembré en quien se hería a sí mismo.
Hablaría de los pájaros
que vuelan horas por alimento
y al volver al nido
alimentan primero a los suyos.
Hablaría del perro
que aguardó en la estación
a un dueño que ya no regresaría.
Y si tuviera que cerrar este poema,
diría que el amor
es aquello que habita en todo lo que soy,
en lo que entrego y en lo que pierdo,
en mi risa y en mi llanto,
en mi fuerza y en mis grietas.
Porque ese vacío que duele,
es la huella viva
de todo lo que he amado,
y de todo lo que aún
me queda por amar.

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